“LA ISLA” de Giani Stuparich

León, junio de 2017. Vicente Morán y los miembros del club de lectura “Camino de Libros”

Pequeño libro publicado por Minúscula en 2008, con cuidadosa traducción del profesor de Lit. de la U. de Trieste J.A. González Sainz, de una obra escrita en 1942 por uno de los máximos representantes del grupo de escritores triestinos Giani Stuparich (1891- Roma 1961), considerada de lectura imprescindible, por contener un relato breve de 123 pp.(en donde el autor es considerado un maestro) lleno de emoción y humanidad. Dicha edición se acompaña de esclarecedoras presentación (por el profesor y escritor triestino Elvio Guagnini) y posfacio (por el también escritor Claudio Magris) que nos ayudan a comprender mejor el valor y significado de esta obra (su dimensión ética, su responsabilidad moral y democrática en un contexto de nacionalismo extremo), así como el lugar que ocupa dentro de la literatura.

A diferencia de las novelas, en los relatos breves tiene mayor importancia el apogeo de la historia decisiva más que su desarrollo y extensión y en esto, junto con la autobiografía, Stuparich está considerado un maestro. Aquí se muestran las vicisitudes de la enfermedad y las reflexiones sobre la vida, la muerte, el miedo, la esperanza y los comportamientos frente a circunstancias excepcionales (existenciales). Y se hace a través de la relación entre un PADRE (generoso y vital) aquejado de un mal inexorable y en fase terminal y un HIJO (atento y preocupado) que trata de confortarlo y aliviar sus sufrimientos al tiempo que intentan asumir la situación. El núcleo central de la obra es el re-encuentro padre-hijo en un entorno primigenio para ambos (LA ISLA) en una situación dramática con la exposición de sus diferentes puntos de vista y la comprensión de los mismos. Puede que a algunos lectores les resulte un tanto artificioso e incluso falso, dicho encuentro pues parece que su relación anterior había sido bastante pobre (salvo algunas referencias a la época infantil) debido a las ausencias del padre en su periplo como marino y la colocación del hijo en la montaña como si se quisiera reflejar paisajes opuestos o confrontados. Como si expresara un cierto egoísmo por parte del padre ante su tesitura personal y recurriera al encuentro final con ese hijo (vínculo de sangre) distanciado y, dónde mejor, que en ese entorno común y grato de su isla. El hijo nos mostrará las características de la figura paterna –ejemplo de vigor, energía y fortaleza–, su enfermedad, su declive, su cansancio y su miedo, así como su propio sentimiento de terror frente a la enfermedad. Tendrá visiones desdobladas (“el esqueleto de su padre revestido de carne”). Sentirá admiración y envidia por su entereza, pero también percibirá la angustia. Le provocará compasión y piedad por la forma de afrontar el mal, por la armonía frente a la derrota de la fatalidad invasora a la que asiste impotente. Por otra parte el padre que disfruta viendo la plenitud de vida del hijo y de la re-memorización de los gratos recuerdos de su infancia y de su propia vida (gozosa y vigorosa), con su inicial abandono debido a las ausencias de su oficio de pescador y ese primer y casual encuentro con el hijo-niño que va a ser ya definitivo con el orgullo de haber sido desde entonces su guía vital. Y la tranquilidad del regreso a su isla , en unión con su hijo, tras recorrer mares y puertos, previniendo su destino final y próximo. Es a través de palabras, gestos, actos, miradas, “silencios” y pensamientos como se van trenzando el encuentro y las atenciones recíprocas. El relato, con ritmo pausado, sereno y profundo, nos va presentando sus cuidados, temores, esperanzas y pesadillas. Mediante una narración más que un diálogo, analiza los interiores y los paisajes del escenario, confrontando las posturas y reflexiones de grandes temas existenciales: las distintas edades, la vejez, la vida y sus goces como una lucha física, la enfermedad y la fatalidad de la muerte, así como el mal espiritual que acompaña al sufrimiento, el miedo, la resignación y la incredulidad ante el final de un ser querido. Y el autor utiliza una prosa primorosa con hermosísimas representaciones paisajísticas que envuelven la historia de fondo de amor paterno-filial. Una escritura contenida pero elegante, de gran belleza, tristeza y emoción trabada en los dos personajes que realizan el último viaje para afrontar el legado de la descendencia y la pérdida. Al igual que en una obra pictórica el recuadro y los elementos secundarios emiten significados de gran importancia para transmitir el mensaje fundamental. Esa isla mediterránea (paraíso utópico) como realidad y metáfora. Escenario concentrado donde representar los modelos de comportamiento del hombre ante los avatares de la vida (y de la muerte). El viaje en barco desde la costa como forma de regreso a sus orígenes y de vivencias felices. Los espacios naturales de sus protagonistas (isleño y alpino). El mar, el sol y la noche calurosa, la pesca y las olas , la nieve y los senderos, el viento marino y la brisa refrescante alpina, la comida y las dificultades por la estrangulación esofágica simbolizado en “el grano de uva que no pasa”. Los sentimientos contradictorios. Las dudas de sincerarse entre ambos y el autoengaño compasivo (que algunos pueden interpretar como falta de valentía). El paseo en barca con “la lona blanca festiva”, frente a la visión espectral de la “sombra negra desollada” de su padre en el paseo, y la visión gozosa desde el acantilado y de las chicas en bicicleta. Todo ello conformando un abanico de contrastes que se resume en un pensamiento del padre ante su apesadumbrado hijo: “Yo mismo me entristezco por su tristeza, mientras que disfrutaría de su disfrute”. Y finalmente la salida de la isla, con esa intimidad tan compartida, con ese acompañamiento mutuo, como despedida de la figura paterna y la vuelta a la cruda realidad afrontada con calma, madurez y dignidad. Un poema existencial y humano expuesto con maestría y sensibilidad para contarnos sin sentimentalismos que, incluso en la peor de las situaciones, podemos construir emociones que nos ayuden a reencontrarnos con nuestros semejantes o a despedirnos de ellos.

Agradecimientos

A Pedro Sainz Guerra por cedernos uno de sus dibujos como logo del club

A los miembros del club por su espíritu participativo

A todos los que se dignen asomarse a esta ventana