LA ROJA INSIGNIA DEL VALOR de Stephen Crane

«Impresiones de un joven recluta ante el campo de batalla»

Paul Auster acaba de publicar “La llama inmortal de Stephen Crane” (Seix Barral, 2021), un extenso libro donde efectúa una revisión crítica de la obra (abundante para su corta vida de tan solo 29 años) de uno de los escritores fundacionales de la novela norteamericana de finales del siglo XIX. Y aprovechando este redescubrimiento comentamos su libro más reconocido: “La roja insignia del valor”, que publicó en 1895 cuando tenía 24 años, ambientada en la guerra civil de su país y que sirvió de modelo para algunos autores contemporáneos (Faulkner, Hemingway, N. Mailer) para analizar las contradicciones que surgen ante la violencia y una reflexión moral sobre la degradación humana inherente a los ejércitos en armas.

La batalla de Chancellorsville, librada durante el tercer año (1863) de la guerra civil americana, es el telón de fondo para la ini­ciación de Henry Fleming, un joven soldado en su bau­tizo de fuego, describiéndose con todo realismo sus sensaciones. Su estado de ánimo, al comienzo de la no­vela, es el del recluta que se halla ansioso por entrar en lo más vivo del combate para dar prueba de su heroís­mo. El granjero Henry es un mozalbete al que la lectura de Homero ha imbuido de ardor guerrero y de añoranza de tiempos heroicos; aunque desconfíe de su época, en que la civilización parece haber sofocado la viril pasión guerrera, acaso descubra en el conflicto en marcha un impensado crisol de proezas, una oportunidad para la gloria.

Deseoso de medir su temple en medio de ilusiones juveniles y un miedo atroz, el protagonista se interna en el campo de batalla y vive experiencias que le cambiarán la vida. En la demora que precede a la batalla, apela a las ilusiones y a los sueños de gloria que lo empujaron a enrolarse; pero el tiempo de acción de dilata hasta la saciedad (sumiendo a los hombres en la ansiedad y la extenuación), por lo que el “muchacho” tiene tiempo de sufrir el flagelo de la incertidumbre. ¿Estará a la altura de sus sublimes ensoñaciones, llegado el momento de combatir, o huirá ignominiosamente, presa del pánico? Si es herido y sobrevive, ¿podrá exhibir su herida como una roja insignia del valor?. Pronto comprobará que la realidad de la guerra es muy distinta de cuanto hubiese podido imaginar, pero también, y sobre todo, que el valor y la cobardía pueden cohabitar en un mismo pecho, asemejándose en muy poco a sus ampulosas e imberbes ilusiones. 

Así las cosas, primero le vemos vencido por el miedo, huye del esce­nario de la acción, pero cuando se encuentra con las co­lumnas de los heridos, se apodera de él una profunda ver­güenza que le hace, finalmente, recobrarse y lanzarse a la refriega, donde se hace abanderado del regimiento en el asalto victorioso. De la pesadilla, finalmente disipada, de la batalla, Fleming sale cambiado y habiendo adqui­rido ese valor, esa insignia interior, de la que había desesperado.

Nada se sabe en Roja insignia de política, ni de ideologías, ni de patriotismo; nada de guerras justas o de causas deleznables. El marco en que se escenifica su trama es un conflicto en que se enfrentan azules y grises, sencillamente; todo lo demás se da por consabido. Esta relativa indeterminación se extiende también a los personajes, designados preferentemente por algún signo distintivo o por su rango militar: el soldado alto, el soldado jactancioso, el soldado harapiento, el teniente, el general. El mismo protagonista es identificado las más de las veces como “el muchacho”. En ocasiones es la multitud uniformada y disciplinada la que asume la acción, a la manera de una máquina o de una enorme bestia, vapuleada pero siempre temible. En su prosa hay una combinación en dosis precisas de sencillez, donaire, emotividad e inspiración. Imágenes plásticas, coloridas y sugerentes proveen los más variados tonos a la narración, infundiéndonos de los claroscuros de su azarosa temática. Espontáneos y dinámicos diálogos refuerzan la naturalidad del estilo; como si de un cuadro impresionista se tratase y la subjetividad del protagonista predominara, tal como si una  cámara nos fuese visualizando los acontecimientos que suceden desde los diferentes puntos de observación en los que parece dispuesta. Y puede que todo ello no contribuya a hacer de esta novela una lectura amena, ya que hay mucha descripción, no hay diálogos extensos ni una trama concreta y todo se construye como un cuadro a base de múltiples paletadas o pinceladas que exigirán del lector un visión en perspectiva para comprender el mensaje en su trasfondo.

Resulta pues una obra sobre el conocimiento de sí mismo, sobre la iniciación en la vida o, lo que es lo mismo, sobre la transición a la madurez. Una pequeña gran joya de la literatura universal.

León, noviembre 2021

Vicente Morán y el club de lectura “caminodelibros.com”

LA ROJA INSIGNIA DEL VALOR de Stephen Crane

Ed. Austral 2021

Traduc.: Jesús Zulaika Goicoechea

Agradecimientos

A Pedro Sainz Guerra por cedernos uno de sus dibujos como logo del club

A los miembros del club por su espíritu participativo

A todos los que se dignen asomarse a esta ventana