«LA LEY DEL MENOR» de Ian McEwan

Vicente Morán y el Club de Lectura “CAMINO DE LIBROS”. León, octubre 2017

Como el propio autor ha expresado, el comienzo de una novela es crucial. Pues en ésta su 13ª novela la historia parte de una disfunción en las relaciones de una pareja después de 30 años de casados, provocada por la propuesta de una relación extramatrimonial , que el marido profesor universitario hace a su esposa, jueza del Tribunal de Familia, con la excusa –algo bobalicona: “era pasión no devoción lo que le faltaba”—de la falta de dedicación y apasionamiento en sus relaciones. A partir de aquí el autor va a desarrollar, con una escritura precisa y bien documentada, los acontecimientos que se suceden contados en primera persona por la esposa despechada y el propio autor-narrador. Con la destreza que le caracteriza no solo consigue mantener constantemente nuestra atención, sino que nos invita a tomar partido por las cuestiones morales, legales, sentimentales y religiosas que plantea a través de sus personajes principales : la Jueza de Familia Fiona Mayer en su madurez y un brillante joven próximo a la mayoría de edad Testigo de Jehová. El papel del esposo Jack nos parece secundario y poco desarrollado, probablemente porque es utilizado solo como excusa para desencadenar y cerrar la historia a contar. Y en la que los dilemas éticos y las responsabilidades morales y las preguntas difíciles de responder, pero imposibles de soslayar, se plantean con fina crudeza por seres de carne y hueso determinados por su representación social y personal.

Así se nos presenta a Fiona Maye, una mujer en la madurez amante de la poesía y de la música, especializada en derecho de familia, funcionaria racional con una irreprochable trayectoria profesional (resolución de conflictos interculturales más que casos penales) a la que se dedica en cuerpo y alma. Con un concepto rígido de lo que es convencionalmente correcto, se nos informa de algunas renuncias en su trayecto vital (la maternidad o la superación de la rutina matrimonial). En este contexto, la propuesta de una última relación extraconyugal por parte de Jack, su marido, junto con la ardua decisión ante un caso en que se confronta la dicotomía entre la libertad personal y la legalidad en defensa de la vida, desencadena una catarsis en la Jueza que constituye el núcleo de la historia. Su airada reacción como esposa despechada que la hace incumplir la ley cambiando la cerradura de su casa tras invitar a su esposo a abandonar el hogar, el ocultamiento social de dicha separación y la complejidad en la decisión del caso del joven testigo de Jehová (Adam Henry). Este ha sido denunciado por la institución sanitaria ante la negativa a que le realicen una transfusión sanguínea imprescindible para su supervivencia de una grave dolencia hematológica. Para concluir la sentencia, decide conocer personalmente a Adam, un muchacho que aún le faltan unos meses para ser mayor de edad, sensible e inteligente, impregnado pero muy consciente de su fe religiosa que le impide (de acuerdo con su entorno familiar y social) aceptar la transfusión. Además, tiene dotes para la música, hace pinitos de poesía y despliega encantos que atraen a todos los que le cuidan. Se produce entonces una conexión entre la jueza y el joven en la que participan sentimientos diversos: materno-filiales más manifiestos, amorosos más subliminales, que conducen a que una decida finalmente que se le inyecte a él la vida contra su voluntad y no muera por sus convicciones y a que el otro acabe aceptándolo, no sin felicidad. Pero, a cambio el adolescente que afirma “ya no ser la misma persona” desarrolla una dependencia que le lleva a demandar de Fiona sentimientos (una nueva mama-amorosa) que ésta no parece dispuesta a conceder. No obstante, en este proceso Fiona debilitada afectivamente por su crisis matrimonial, y a pesar de su carácter estricto, acaba sucumbiendo interiormente a dichos sentimientos (de la maternidad frustrada e incluso del “roce” del amor), eso si, descrito con mucha sutileza. Finalmente y tras desechar la relación con el joven, éste desencadena una tormenta emocional que le lleva a consumar una amenaza existencial con el objetivo de compensar su rechazo y producir remordimientos en su idolatrada. Esta reacción, creemos, deriva de una personalidad aún adolescente y muy dependiente, enfrentado a situaciones límite (fe y religión, supervivencia o muerte), pero con capacidades tanto seductoras como destructivas. Siguiendo la caracterología social y personal de la pareja en crisis expuesta al inicio, el autor nos ofrecerá un simpático reencuentro que cerrará esta historia, en la que un hombre y una mujer en la madurez de su convivencia viven ambos una crisis emocional. Parece que ellos tratan de reafirmar así la validez del matrimonio socialmente admitido y recomendado como vehículo perfecto para seguir disfrutando de la felicidad y de la plenitud personal. A pesar de las desavenencias que la rutina pueda provocar, pero que las convenciones sociales ayudan a superar. McEwan sigue siendo un maestro en mostrar las reacciones humanas cuando nos enfrentamos a nuestros miedos.

Agradecimientos

A Pedro Sainz Guerra por cedernos uno de sus dibujos como logo del club

A los miembros del club por su espíritu participativo

A todos los que se dignen asomarse a esta ventana